Por circunstancias de la vida llevaba años fuera de este mundo, así que esta experiencia me sirve casi como carta de presentación.
Nombre: Diana.
Teléfono: no os costará encontrarlo.
Edad del anuncio: ni idea.
Edad real: la justa.
Fotos: están bien… pero en vivo gana por goleada.
Zona: La Urba.
Servicios ofrecidos: ni pregunté.
Servicios realizados: un francés que me puso al límite.
Nota: ella emulando a su paisana Comaneci; yo tendré que presentarme a recuperación.
Llevaba tiempo con Diana en el radar. Entre fotos y comentarios, me había hecho expectativas… y aun así me quedé corto. Fui con más nervios que ganas, pero en dos minutos te desarma: cercana, natural, sabe tratar y sabe leer. Pelo que le queda de escándalo, ojos claros (¿verdes?), labios generosos en todo el sentido. Besa muy bien. Solo con los besos y el roce, aquello ya estaba como tanque apuntando a campanario.
Y luego el francés. Como cuando vas a un argentino y no te preguntan cómo quieres la carne porque ellos ya saben el punto perfecto. Pues igual, pero versión oral. Ritmo, saliva, vistas… y yo debatiéndome entre recitar alineaciones históricas o dejarme llevar como jilguero en primavera. Aguanté lo que pude, que no fue heroico.
Intenté que me cabalgara un rato más, pero cuando la vi disfrutar y le agarré ese culazo… fin de la resistencia. Hice lo que pude ante semejante amazona. Próxima vez iré más preparado.
Hasta aquí, todo glorioso.
(A ver, señores, todo esto de abajo es coña. Edito para no perjudicar a Diana)
Ahora bien: al llegar a su casa me recibieron sus dos perros como si yo fuera un sospechoso internacional. Uno decidió marcar territorio en mi pantorrilla con un mordisco diplomático. “No hacen nada”, dijo ella. Técnicamente, discrepo.
Salí después flotando, satisfecho y sonriendo… justo a tiempo para que la vecina del segundo me gritara “¡Sinvergüenza!” y me bautizara con un cubo de agua fría. Empapado y con leve aroma a perro, caminé hasta el coche.
Y allí estaba él. Un tipo con prismáticos, fingiendo birdwatching en las salinas, donde no había ni un puto pájaro a esas horas. Casualidad: mis cuatro ruedas estaban pinchadas. Las cuatro. El ornitólogo bajó los prismáticos con cara de “la naturaleza es dura”. Que malos son los celos! Diana es de todos!
Así que acabé esperando la grúa, mojado, mordido y sin ruedas.
¿Compensó?
Recordé los besos.
Recordé el francés perfecto.
Recordé esa amazona disfrutando.
Sí. Absolutamente sí.
Solo faltan los aliens, aunque Diana es de otro planeta. Solo le quise poner un toque de humor, tranquilos que no os va a pasar nada, o al menos, nada malo.